jueves, 18 de febrero de 2010

Iluminando piedras

Unos cuantos amigos me han ido preguntando acerca de las cuatro cosas básicas que les permitan iluminar sus minerales para conseguir fotografías con una calidad que esté a la altura de sus muestras. Odio profundamente los cursillos rápidos, que sólo sirven para dar una falsa sensación de conocimiento fast-food. Pero supongo que a alguno le servirá como inicio de planteamiento que le llevará a experimentar y conseguir bellas imágenes. Y como en Gomorra, si hay sólo uno, ya vale la pena...

Cuatro ideas para empezar.

Realmente iluminar piedras es como iluminar cualquier otra cosa. Mucha de la gente que conozco cuenta que sus fotos las hacen poniéndose a la luz que entra por una ventana. Ahí reside todo el principio básico de la iluminación. Sin embargo, iluminar con una ventana tienen múltiples desventajas: El día que quieres hacer fotos, está nublado, o a la hora que tienes libre el Sol da en la otra fachada. Cuando todo está bien, alguien ha retirado los visillos para lavarlos. Las fotos hechas en verano tienen otro color que las de invierno porque el Sol está más alto y su luz es más fria (azul)...

Ante todas estas desventajas, ¿porque no recrear la ventana en un medio más controlable? Pues eso es iluminar...

Vamos a examinar la ventana, a ver si la podemos copiar. Tenemos el Sol al otro lado, iluminando desde un lado. O sea, tenemos un foco de luz. Estamos iluminando con sólo un foco.

Otro detalle. El Sol es muy grande, pero afortunadamente está muy lejos. Tanto, que sólo mide medio grado de diámetro. Por escribirlo de otra forma, si vamos poniendo soles uno al lado de otro en el horizonte, nos van a hacer falta 720 soles para dar la vuelta completa. Eso quiere decir que toda la luz parece venir de un punto bastante pequeño, y eso produce unas sombras muy definidas. Pon el dedo al Sol y mira lo rápida que es la transición de la parte iluminada a la parte en sombra. Si hace eso con el dedo, lo hace con cualquier cosa. Incluso con un mineral. Igual con un dedo está bien, pero con un mineral quizás no nos interese que queden zonas completamente en sombras, sobre todo porque en las zonas en sombra el espectador no puede admirar las maravillas de la pieza.



Pero no hagamos de esto una regla fija. Podemos utilizar este sistema para hacer destacar lo que nos interesa y la parte fea que quede en una discreta sombra. También las sombras fuertes (se dice “duras”) sirven para exagerar el relieve y destacar esa cualidad, si es eso lo que nos interesa, como en el ejemplo de la pirita limonitizada de Montjuich, fotografiada simplemente al Sol aguantando la pieza a mano con la izquierda delante del garaje abierto, que es mucho más oscuro, mientras que con la otra mano hacía la foto con una compacta.

Hubiésemos obtenido el mismo resultado con un foco y una cartulina negra, y la hubiésemos podido hacer a las 10 de la noche...

Incluso podemos forzar más la nota. Tenemos una zona que nos interesa y otra, que por sosa o por desenfocada, va a hacer que la vista del espectador se despiste de lo que realmente le queremos enseñar. Así que incluso podemos limitar la luz que llega a nuestra muestra por ejemplo colocando una cartulina negra con un agujero entre el Sol y la muestra.

O...colocando un canuto de cartón delante del foco para “recortar” la luz y que ésta llegue sólo a la parte bonita de la pieza, como por ejemplo...



Así que a partir de ahora, vamos a usar un foco.

Antes de empezar, un par de consideraciones. Imaginemos un proyector de diapositivas. Colocamos la pantalla a una distancia tal que el lado largo de la diapo mida un metro. Si alejamos ahora la pantalla al doble de distancia del proyector, el lado de la proyección medirá ahora 2 metros. Peeero, nada es perfecto, resulta que como el proyector no ha aumentado su cantidad de luz, ahora su luz se distribuye por un área cuatro veces mayor, y la imagen será 4 veces más débil.

El sol está tan lejos, que por mucho que movamos la muestra la cantidad de luz que le va a llegar va a ser la misma. Pero con un foco la cosa es diferente. Si tenemos una muestra grande y acercamos el foco mucho, la distancia de la parte del mineral más cercana al foco recibirá más luz que la más lejana. Ahí tenemos otra posibilidad de control para enfatizar la parte que nos interesa y que la luz se pierda hacia la parte aburrida de la muestra.

Otro control. Mejor usar un foco pequeño, siempre es más fácil hacerlo grande que al revés, luego lo vemos. Volvamos a usar el dedo. Lo ponemos lejos del foco. El límite entre la parte iluminada y la parte en sombra es muy nítida. Ahora acerquemos el dedo al foco todo lo posible. Recibe mucha más luz (eso lo acabamos de leer) pero la gracia es que el borde de sombra ya no es tan nítido. ¿que ha pasado? Subámonos en nuestro dedo y miremos al foco. Cuando acercamos el dedo al foco, lo vemos más grande. Es decir, el tamaño aparente del foco tiene una buena influencia en lo nítida que es la transición entre luces y sombras. Jugaremos con eso.

Un foco. Sólo tenemos un foco natural, el Sol, y el ojo está acostumbrado a leer los volúmenes que produce un único foco. Los fotógrafos acostumbran a ser vagos, y además poner muchos focos impresiona más al cliente, pero realmente sólo hay un foco principal.

Así que vamos a empezar. Escogemos una muestra de tamaño generoso y sin brillos metálicos, que para complicarnos con esto siempre estamos a tiempo, encendemos el foco y vamos girando la pieza en las manos hasta que ¡chán! vemos la pieza de forma atractiva, mostrando su parte más bella. Ahora la ponemos encima de la mesa con la parte buena hacia la cámara situada en un trípode. Podemos mover la cámara para acabar de encuadrar, acercarnos, verla desde un poco arriba o abajo...

Como ahora las cámaras son digitales y las fotos gratis, hagamos una primera foto. Click!



Ahora tomemos el foco, y lo que antes habíamos hecho con la pieza, ahora con el foco, y examinando la imagen a través del visor de la cámara. Seguro que más pronto o más tarde, hay una posición de foco en la que la pieza se muestra más espectacular, y en la que las sombras no enmascaran la parte “buena”. Fijamos el foco en esa posición u otra foto. Quizás nos hemos acercado demasiado, tenemos cierta tendencia a hacerlo cuando probamos iluminaciones. Pero recordemos que lo único que aquí manda es la dirección. Si conservamos el eje que va desde la pieza al foco, podemos mover el foco por ese eje y la iluminación no va a variar. Vale, otra foto. Lo que no recibe luz es prácticamente negro, pero igual ya vale.
Bueno, la foto que hemos conseguido no será como la que pongo de muestra. Se verá la mesa. Si la iluminación que produce el foco es suficientemente más potente que la luz ambiente, el fondo será negro, como en mi foto delante del garaje. Así que estará bien apagar las luces o dejarlas lo suficientemente débiles como para no tropezar. Si situamos la muestra encima de una cartulina negra... ya empezará aparecerse más. Sigamos haciendo fotos del proceso. Si con todo, el fondo sigue viéndose, siempre podemos curvar hacia arriba el extremo alejado de la cartulina detrás de la muestra, de forma que nos tape el fondo. Ahora ya se tendría que parecer a la foto de los granates.

Antes de continuar, un detalle que no por obvio debemos dejar de citar. Da igual la cantidad de luz que tengamos. La piedra no se mueve, y la cámara en el trípode tampoco. Por lo tanto, si hay poca luz, que la cámara de una exposición más larga. Lo que es importante es que el chip reciba una cantidad determinada de luz, y da lo mismo si tarda una milésima de segundo o diez segundos. Ya, ya se que aquí se trataba de aprender a iluminar y no de soltar un tochazo sobre teoría, pero hay un mínimo imprescindible. Para picar, hay que saber en que extremo del martillo está el mango. Para no repetirme dejo a libre albedrío del lector el mirarse las entradas dedicadas al cursillo de fotografía en este blog, y que empiezan en el enlace Un pequeño cursillo de fotografía (I).

Volvamos a nuestra paciente modelo. La tenemos ahí en la mesa, sobre la cartulina negra (¿porqué negra? ¿que pasa con otro color?...pruébalo...) con las partes que reciben luz bien iluminadas y las que no tienen iluminación prácticamente negras. Intentaremos recuperar (“rellenar”) esas sombras. Es fácil. Parte de la luz no incide en la roca, sino que ilumina el suelo o simplemente pasa por delante, por detrás o por arriba de la pieza. Esa es luz desperdiciada. Así que vamos a poner un folio blanco, una cartulina blanca o un trozo de porexpan blanco al otro lado del mineral, de forma que recoja esa luz desperdiciada y la devuelva hacia la muestra. Parece que hayan encendido un segundo foco al otro lado. Las sombras se han iluminado. De hecho, el efecto es exactamente el mismo que colocando un segundo foco, y algunos fotógrafos prefieren el segundo foco, pues ofrece algo más de control sobre la dirección y la intensidad de esa segunda iluminación de relleno.



La calcantita simplemente tiene un foco desde arriba y un papel blanco en la base, reflejando y rellenando las sombras.

Vamos a contestar a la pregunta del color que hacíamos antes. ¿Que pasa si la cartulina conde rebotamos la luz es de color? Probémoslo. Tiñe de su color las sombras y el color de la pieza se pierde. No es que esté prohibido, no hay nada estrictamente prohibido si conseguimos transmitir lo que queremos, pero si se trata de mostrar enciclopédicamente el sutil color de una celestina, ponerle un reflejo rojo no va a ayudar a los que quieran basarse en nuestra fotografía para identificar su ejemplar.

Vamos a jugar un poco con el papel. Sigamos haciendo fotos del proceso, luego ese será el mejor cursillo. Vamos a ponerlo muy, muy cerca de la pieza, lo justito para que no salga en la foto. La luz que refleja y llega a la pieza es importante, casi irreal, como en el caso de la calcantita de El Papiol. Movamos poco el papel alejándolo de la muestra y esas sombras se van oscureciendo y de esta forma ya tenemos un control total sobre ese relleno de sombras. Rizando el rizo, tampoco nos tenemos que quedar con un único papel. Mientras no tapen la foto, podemos poner tantos como necesitemos para ir iluminando las caras que queramos. También, ¿porque no? podemos poner un papel grande iluminando toda la pieza a un nivel bajo y luego con papelitos más pequeños y más cerca añadir puntos con más luz aquí y allá para que nos defina más el volumen. Y al revés, podemos colocar recortes de papel negro para evitar que a ciertas zonas les llegue luz.



Y si podemos usar papelillos negros para reservar zonas de sombra, ¿porqué no usarlos para bloquear la luz del foco? Parte de la luz del foco está iluminando la cartulina negra de base, y eso no sólo no nos sirve de nada sino que suele quedar mal. Pues nada tan simple como interponer unos trocitos negros que impidan que el foco ilumine la cartulina...

Hasta ahora hemos controlado el reflejo, y el foco sigue siendo una fuente de luz “dura” que sigue produciéndonos una frontera abrupta entre la parte iluminada y la que no recibe luz directa. Vamos a modificar ahora eso. En alguna parte del blog ya lo explico, pero lo repito... lo que crea la dureza de la transición es el tamaño relativo del foco visto desde la posición del modelo. Lo del Sol grande pero muy lejos que explicaba antes.

Ahora necesitaremos un papel vegetal. Antes había en todas las papelerías, pero desde que el dibujo técnico se hace con ordenador igual cuesta un poco más encontrarlo. Puede ser cualquier material traslúcido. Poliester mate, metacrilato glaseado...bolsas de supermercado blancas, gorros de ducha de todo a 100... Mientras sea blanco para no introducir color a la luz, casi todo vale. Los fotógrafos profesionales usan paraguas traslúcidos de nylon, pero para las muestras pequeñas que manejamos un paraguas es evidentemente demasiado grande.

Vamos a probar. Cuando iluminamos un material traslúcido, el foco emisor de luz ya no es el foco “iluminador”. Lo que está iluminando ahora la pieza es el círculo que el foco forma en el papel vegetal. Y ese diámetro relativo decíamos que influye decisivamente sobre la transición luz-sombra, así que vamos a comprobarlo. Acercamos el papel vegetal hasta tocar el foco y vemos que las transiciones son prácticamente tan duras como antes. Ahora vamos separando el papel del foco, acercándolo a la pieza y podemos comprobar como se difuminan esas transiciones. ¿hasta donde? Ah! ese es el toque del maestro. Jugando con la posición de ese vegetal y con la del papel del otro lado vamos a tener un control casi total sobre el aspecto que queremos que tenga nuestra fotografía.

Y ya, ya se que con el vegetal se pierde mucha luz. Pero no tiene ninguna importancia, porque el papel blanco de reflejo también recibe menos en la misma proporción y el aspecto general no varía. Esta es una de las ventajas de utilizar un sólo foco. Sustituir el papel de reflejo por otro foco nos obliga a regular de forma independiente cada foco y variar el segundo foco cada vez que modificamos el primero.



El uso de los difusores llevado al extremo se llama iluminación de tienda y se usa mucho. Simplemente se rodea la pieza por una “casita” de material traslúcido, se dirigen los focos hacia el material difusor y ya está. Variando la distancia de los focos por separado a la tienda, regulamos un poco el modelado, pero básicamente lo que obtenemos es una iluminación muy descriptiva, sin zonas oscuras, donde el color de la pieza tiene una importancia capital.

Por supuesto, la práctica debería generar más preguntas, a las que no quiero responder porque no hay una regla fija y estricta para iluminar cada pieza...Descubriremos que la luz rasante ayuda a dibujar bien las texturas y los relieves, que el foco iluminando un poco a contraluz permite explicar la transparencia del mineral... Improvisar y probar, no hay atajos...

Y para acabar, la guinda. Es posible que haya zonas de la pieza que intencionadamente las hayamos dejado negras. Pero eso es una cosa y la otra es que la forma se pierda. Así que hemos de hacer algo para “dibujar” al menos el perfil. Ahora sí necesitamos otro foco.



Apuntamos al fondo con ese segundo foco, lo limitamos con un canuto de cartulina o con una cartulina agujereada y le metemos un filtro para darle el color que nos interese. Como ese filtro no tiene que dar más que color, no necesita calidad ninguna. Celofanes de caramelos, de trabajos manuales, plásticos de los divisores de las carpetas escolares... cualquier cosa nos va a valer. Y con eso y un poco de práctica, nuestras fotos van a ser la envidia de propios y extraños ;-D

sábado, 23 de enero de 2010

Back to China (5)

El rio Yulong (II)
Nuevo día.
Nuestro Luminoso Guía, banderita en ristre, nos ha programado un rafting turístico subidos en unas almadías que en origen fueron una plataforma de gruesos troncos de bambú (aun quedan algunos) pero que ahora han quedado sustituidos por una serie de tubos de PVC que si no te fijas dan el pego, pero que lástima la mia...tengo la manía de fijarme. Al lado del rústico embarcadero se amontonan chiringuitos donde sirven pescado fresco a las ruidosas familias locales. Y atrás un bello valle de aluvión cultivado de arroz y salpicado por macizos de bambú que parecen apoteosis de fuegos artificiales verdes entre las aisladas colinas. Así que acomodo la mochila de cámaras, declino la invitación del guía, nos dedicamos una mirada de desprecio mutuo y me largo solito a dar de comer a los mosquitos vespertinos.



Sorprende el tono de verde de los campos y del bambú. Caminitos estrechos bordean las áreas dedicadas al arroz y bordeándolos unos canalillos por donde nadan con tranquilidad algo parecido a las sanguijuelas. La posición del valle no es la mejor para aprovechar la luz de la tarde pero en cambio puedo dedicarme a fotografiar a los campesinos en sus labores, contrastando sus camisetas contra el furioso verde del arroz. Mosquitos aparte, que tampoco hay tantos, es una tarde plácida donde disfruto del atardecer fotografiando con calma hasta que la luz es tan baja que ni el estabilizador es capaz de asegurarme las tomas.

Por la noche han programado una excursión para ver en directo la pesca con cormoranes. Básicamente consiste en atar una cuerda en el cuello de los cormoranes de forma que éstos pescan pero cuando intentan tragar el botín el nudo se lo impide y el humano aprovecha para quitárselo. De una u otra forma, siempre es la misma historia, un listo que se aprovecha del trabajo de los demás. De cualquier manera, estoy tentado hasta que tengo una visión de un pescador abuelete, como los que salen en los reportajes televisivos rodeado como una isla por flashes por todos los lados. Así que declino la invitación una vez más y me voy recibir un masaje y a cenar tranquilamente en una de las numerosas terrazas al aire libre que bordean la calle principal.
En un nuevo día, y ahí no me escapo, daremos una vuelta en una balsa de esas que en un momento pasado fueron de bambú. Bueno, puede estar bien. El rio para nosotros solos, con meandros que continuamente nos descubren nuevos rincones de lujuriosa vegetación tropical entre las omnipresentes colinas. Una ligera calima tamiza la luz y conforme avanza la tarde los paisajes por fin empiezan a parecerse a las aguadas de tinta china que he tenido en la cabeza desde que llegamos. Las barcas planean sin demasiados saltos y en ocasiones a nuestra sugerencia simplemente quedan a la deriva, y las cámaras funcionan a todo ritmo. Una vez puesto el Sol, una nueva propuesta. Esta vez es un megaespectáculo de luz y música en el que cientos de chinos con luces en barcas en el rio haciendo nosequé. Debo estar criando una fama de asocial importante, pero también decido ir por libre, mezclarme con la gente y cenar en cualquier parte. Cuando quiera ir aun sitio con mucha gente, ya me iré al campo del Barça. Después de cenar nos metemos en un bar y un cantante con una voz prodigiosa y una guitarra nos arropa mucho más que los heroicos cánticos de espectáculo fluvial.

Al dia siguiente, cuando nos alejamos de estas montañas mirando por la ventanilla del autocar con el aire acondicionado zumbando comprendo que hemos visto un país privilegiado por la naturaleza y entiendo que generaciones y generaciones de artistas chinos hayan venido hasta aquí y hayan dedicado sus vidas para plasmar la poesía que todavía hoy, por encima de las carreteras y turistas, envuelve estas colinas únicas. Sólo cuando pongo distancia con la realidad soy capaz de descubrir lo que he contemplado. Lástima que cuando lo descubro, siempre estoy lejos.
En la ruta hacia las montañas hacemos un par de paradas que después de lo que hemos visto, me parecen pueblecitos desiertos. Pero no, eso debe ser lo común en el mundo rural, donde la única diferencia entre un dia y el siguiente es que falta una hoja en el almanaque. En el primero algunas familias se dedican a montar los grandes abanicos decorativos que luego se ven en las tiendas de las ciudades. De forma absolutamente artesanal, pintan con cola las telas de seda y pegan los dibujos. Los grandes semicírculos rojos secándose al sol en el exterior de los talleres son la única nota de color en un pueblo en blanco y sepia. Del otro “pueblito pescador” ni siquiera tengo un recuerdo...

jueves, 15 de octubre de 2009

Back to China (4)

El rio Yulong (1)

Nos levantamos temprano y un poco de ruta nos lleva hacia el embarcadero en el rio Yulong. Me tiemblan las manos un poco cuando cojo la cámara, porque hoy remontaremos el rio hasta Yangshuo atravesando gargantas y meandros entre esas colinas que tan bien han sabido plasmar los pintores chinos con dos pinceladas de aguada y tinta china. Creo que van pasando por mi cabeza todas las imágenes que recuerdo y más que me invento y en todas voy buscando el encuadre, como aprovechar la niebla que se levanta y que dibuja apenas el perfil de las cimas de sus montes, y los árboles recortándose a contraluz, colgando como suicidas en paredes verticales imposibles.

Nada más lejos de la realidad. Desde buena mañana, el sol cae a plomo fundido sobre el paisaje, que goza de una nitidez envidiable. Por si esto es poco, me he olvidado de que esto es verano y es China: No menos de una docena de barcos esperan en el embarcadero, llenándose hasta la sirena de autóctonos con ganas de vacaciones, fotografiando lo fotografiable y lo que no lo es y hablando a gritos, entre ellos y al móvil. Por si fuera poco, el espíritu gregario de los locales acaba con las pocas ilusiones que me quedaban. Dado que el rio va describiendo curvas bastante cerradas, a poco que los barcos salgan mínimamente espaciados encontraré momentos en los que el rio no tendrá a la vista más barco que el nuestro, y bueno, con algún degradado y Photoshop igual salvamos alguna toma. Pero no. Los barcos parten uno tras otro, tan cerca que de vez en cuando los vociferantes turistas locales de mi barco pueden hablar con los vociferantes turistas de otro barco. Así que juro en arameo, guardo la cámara en la bolsa y otra vez será.


(foto de Pili) La larga marcha, por delante y por detrás.

Por el camino se acercan en balsas de bambú y se juegan la piel en ello algunos lugareños a intentar vendernos artesanía turistera. Búfalos tallados en madera y una especie de coles talladas en jade, que ya tiene guasa la cosa, como si no hubiese otros motivos para esculpir.

Mediada la tarde llegamos a destino. Yangsuo. No puede ser... ¿quien me está haciendo esto??? ¿donde está la China rural que yo quería ver? En el muelle un frenesí de chinos ofreciendo de todo, que si una foto con mis cormoranes, que si abanicos, abalorios... sólo faltan los sombreros mejicanos! Una vez sorteada la avanzadilla, en la retaguardia hay una larguísima hilera de puestos para vender artesanía, recuerdos, imitaciones... si me quito las gafas para desenfocar un poco, podríamos estar en el paseo marítimo de cualquier ciudad turística de la costa mediterránea en plena temporada.

Al final, reprimiendo las ganas de salir corriendo, llegamos a una placita tranquila donde está nuestro hotel. Un hotel lejos del esquema hotelero, una casa convertida con muy pocas habitaciones que vamos a disfrutar para nosotros solos. Pongo un pie dentro... ¿estoy en China??? Música latina, las paredes pintadas como si fuese una selva amazónica, con loros y todo y un gran poster de Bob Marley presidiendo el Hall-bar-pub. Ahora estoy seguro, me han pillado para un programa de cámara oculta.

Descargados de equipajes y comidos (eso siempre suaviza el humor) una Tsingtao fresquita me enfría los ánimos y me confirma que sí, que estamos en China, y que una vez más me he dejado llevar por mis prejuicios. Estaba intentando ver mi China, y estoy viendo la China de los chinos. Es suya y además son muchos, así que tengo que hacer un esfuerzo de adaptación, abrir la mente más que los ojos y dejar fluir la información sin ponerle filtros preconcebidos.

La placita donde estamos es una isla de tranquilidad en el pueblo. A sólo una bocacalle, el comercio estalla como sabe hacerlo cuando hay afluencia masiva de turismo, y no hay local, bajos ni portería que no esté ocupado por restaurantes, alguna discoteca y tiendas de artesanía. Por las calles fluye un enorme volumen de turismo interior disfrutando de su recién estrenada clase media, comprando recuerdos, riendo mientras se fotografían miles de veces, comiendo. Apenas ves de vez en cuando algún occidental. Unos americanos, con la misma cara que les pone Forges a sus perdidos en el desierto, nos suplican por la dirección del McDonals... estos están mucho peor que nosotros! Ya me siento mejor. Apenas caminas unas cuantas calles, el pueblo va recobrando lo que tiene de pueblo, y vuelve a haber niños jugando por las calles, señoras sentadas en la calle haciendo labores domésticas y grupitos aquí y allá, a la sombra de árboles, hablando indolentes. Esto me dice que estamos en el centro del huracán y que bastará alejarse un poco para tocar un poco la China más cotidiana.


Las tres chicas del hotel, les debía este homenaje.... El feo de al lado sólo está ahí como escala.

Al dia siguiente, con los biorritmos estabilizados, creo que me he enamorado de las tres (chicas? niñas?, sigo siendo incapaz de poner edades) que atienden en el hotelito. Son como ratitas hacendosas moviéndose a saltitos de un lado para el otro constantemente. Que llegas sudando como un buey y te desmoronas en un banco. Enseguida hay una que pone en marcha un ventilador que tiene un artilugio que con un segundo ventilador vaporiza agua y hace bajar muy efectivamente la temperatura. Solo tienes que señalar para que aparezca en la mesa una cerveza de 600 cl. . Puedes bajar de la habitación a cualquier hora y allí están ellas preguntándote que quieres desayunar y puedes volver derrengado, ya de noche, y allí están ellas con la misma sonrisa de todas horas. Igual es que son muchas y se van turnando y no soy capaz de reconocerlas, pero me supera su alegría y su energía.

Realmente hay poco que hacer así que, a regañadientes del guía chino asignado, que sueña con conducir al rebaño obediente tras la banderita que enarbola como la Libertad en el cuadro de Delacroix, por doce euros gasolina incluida nos alquilamos una moto para todo el dia y un par nos largamos a buscar nuestro Mardi Grass oriental. Estábamos en lo cierto. A un acelerón ya no queda ni rastro del bullicio turístico y podemos disfrutar de una carretera bordeada de árboles y rodeada de campos de cultivo de arroz y pueblecitos y gente que se afana en lo diario. Un camino que parte de la carretera nos pierde por caminos agrícolas. Hay que ir con cierto cuidado, porque si nos perdemos vamos a tener problemas para conseguir que alguien nos explique como salir de allí. Pero la visión del paisaje compensa todos los temores y por fín la cámara funciona con regularidad. Por todas partes, el paisaje cárstico ha dejado su impronta y en muchas de las muchas colinas aisladas que pueblan el campo vemos agujeros y cuevas. En una de las colinas, formadas por erosión más tarde que las cavernas, una cueva cerca de la cima atraviesa la montaña de parte a parte, dejando ver a su través el cielo como un gigantesco ojo de aguja. Un poco más adelante, sin ninguna señalización que la haga singular, a pié de camino encontramos la entrada de una gigantesca cueva, de muchos metros de alto y de ancho, de la que fluye un riachuelo fresco y transparente. Es un buen sitio para echar pié a tierra, refrescarse y descansar, y comprobar que debería haber hecho caso a mi pareja y ponerme crema solar, pues parezco una turista sueca en Benidorm.


La cueva. Algo de estas dimensiones en Europa estaría señalizado, iluminado, tendría un centro de interpretación y una caseta de recuerdos. Aquí sólo suministraba agua al campo de arroz cercano.

jueves, 24 de septiembre de 2009

Back to China (3)

Guilin

Gulin no es más que una estación en el recorrido. Sólo pararemos lo justo para cambiar el avión que nos ha traido desde Cantón, cenar, dormir y tomar el barco en el que remontaremos el rio Lijiang.

Cenamos demasiado abundantemente y caminamos informalmente por la pequeña ciudad de 2 millones de habitantes. Todas las pequeñas ciudades de China tienen 2 millones de habitantes. Pero el guía local tiene que hacer su trabajo y nos lleva al lago Shanshu, en el centro de la ciudad, famosísimo según él porque tiene dos pagodas. Y las tiene, en el medio del lago. Supongo que de día su aspecto puede ser evocador, pero de noche ese especial talento estético chino las ha convertido en unas horteradas llenas de luces, una de color azul y otra de color amarillo. En las carreteras españolas he visto wiskerías con mejor gusto. Hay un caminito que bordea el lago para pasear y por ahí vamos cuando se hace la hora de apagar las luces y las apagan, y nos quedamos como en boca de lobo. Menos mal que en los viajes quien más y quien menos lleva una linternita por lo que pueda pasar... Hay que convencer al guía de que a pesar de que en su itinerario está la visita de la pagoda, la han apagado, es de noche y no se ve un pijo. No se si lo entiende, pero salimos a la luz.

(foto de Pili)

A las tres de la madrugada, mi sensación durante la cena se confirma. Me muero de sed. Tengo la lengua como un felpudo. Como nos han advertido de que mejor no beber agua del grifo, miro en la neverita de la habitación y no hay nada bebestible. Me visto y farfullo a mi pareja que voy abajo, a recepción, a intentar conseguir agua.

No debe ser así, pero en recepción hay un par de niñas de unos 12 años. Me resulta muy difícil calcular la edad de las mujeres chinas. Mantienen un aspecto infantil hasta la menopausia, diría yo.
-Yijao- saludo. Ella sonrie atenta y yo le suelto en mi horroroso inglés la frase que he ido cociendo mientras bajaba:
-Can I have a bottle of water?
Ella sigue sonriendo y me mira con la misma cara que pone mi gato cuando le explico un chiste.
Repito la necesidad cambiando la frase. Tanto da, se lo digo en catalán y en castellano. Lo entiende igual. Ni idea de nada que no sea chino. Me veo amorrado al grifo y ya curaremos las diarreas cuando lleguen.

Bueno, soy hombre de recursos, le pido un papel y jugamos al Dicciopinta, yo ganaba siempre a eso. Dibujo un vaso, un grifo, un señor bebiendo y no se cuantas cosas más, y sólo recibo la atención y la sonrisa.

Sale del ascensor un chino panzudo y sin pararse me anuncia los servicios de final feliz de la 5ª planta - Massage, je, je, je-

-Si hombre, con la sed que da eso, pienso.

La recepcionista va a buscar a otra chica, vuelvo a repetir todo el proceso, y ahora obtengo...dos sonrisas. El vigilante que dormita sobre su mesa de recepción levanta ligeramente la cabeza y me mira con fastidio, pero enseguida vuelve a enterrar la cabeza entre los brazos y se vuelve con Morfeo, se llame como se llame el Morfeo chino.

Doy un vistazo desesperado a la habitación de donde ha aparecido la segunda chica y veo un ordenador. Me cuelo sin pedir permiso (tampoco me ivan a entender) busco la utilidad de traducción de un navegador, escribo de nuevo el mensaje en inglés y apreto la tecla de traducción al chino. Conforme aparecen los caracteres en la pantalla, veo que las sonrisas se hacen más amplias y hay un brillo en los ojos. Por fin!!! No les doy dos besos para que no me acusen de pedofília!! Salvado!!

Mi recepcionista sonriente me hace una señal para que la siga, salimos del hotel, caminamos un par de bocacalles y me lleva a una tiendecita donde unos cuantos chinos juegan a las cartas en el exterior aprovechando el fresco de la noche. En la nevera hay una buena cantidad de botellas de agua de litro y medio.

Tres cuartos de hora mas tarde apago la luz de la habitación, no sin antes dirigirle una mirada de amor a la botella de plástico recubierta de condensación que ocupa el centro de la mesita de noche.

martes, 8 de septiembre de 2009

Back to China (2)

Canton

Insistí personalmente en ir a Cantón. Cantón está a un tiro de piedra (bueno, a un ratito en un jet-foil) de Hong Kong y ver como se había mezclado una cultura tan mediterránea como la portuguesa con la china me parecía un experimento que pedía al menos unas horas. Ya, ya se que Portugal no tiene costas mediterráneas, pero el brazo del Mare Nostrum es muy largo.

Cantón o Macao, según que mapa uses, está dividida por una anchísima ria, cruzada por varios puentes. La parte norte corresponde al núcleo antiguo y nuestro hotel estaba en el lado equivocado. En el hall del hotel hay un atril con un libro de fotografías de Cantón de principios del siglo XX realizadas por un capitán portugués. Algún cliente con un extraño sentido del humor lo ha dejado abierto por la página dedicada a decapitaciones públicas. Mientras se reparten las llaves, hojeo las viejas fotografías de calles, personajes, trajes y me pregunto que queda de todo aquello.
Ya en el núcleo norte, nos recibe el casino. El casino es difícil de describir. Es una especie de gigantesca calabaza dorada llena abalorios y bombillas. Es un árbol de navidad reflejado en una de las bolas que cuelgan de él. Es nuestro primer contacto con los principios básicos del diseño moderno chino:

Principio 1.- A todo le cabe una bombilla más.

Principio 2.- Nada es suficientemente hortera.



Afortunadamente, basta caminar dos bocacalles para estar casi en el interior del libro del hall. Calles estrechas, rotuladas en portugués, con todo el regusto de una colonia de ultramar, empinándose hasta la antigua fortaleza que corona la colina, erizada de cañones y de turistas locales fotografiándose encima de cada piedra. En mi grupo predomina más mala leche, y como descubrimos que hay un cañón que apunta a través de su tronera directamente contra el casino, ordenaditos, todos hacemos la misma fotografía.

Nos desplazamos en autobús hasta un pequeño templo. Nada grandilocuente, un pequeño templo utilitario detrás de un muro en una calle absolutamente anónima. La refrigeración del autobús está tan alta que al salir de él se empañan todas las ópticas y espejos de mi equipo fotográfico. El pequeño templo tiene un rincón precioso, con una especie de armario plagado de pequeños cajones donde honran las cenizas de fieles que han decidido reposar allí por los restos. Unos rayos de luz que se cuelan por agujeros del techo iluminan aquí y allá los manojitos rojos de incienso esparcen volutas de humo azul. La fotografía es perfecta, pero allí estoy yo, como un cormorán secando las alas, en un pasillo al sol intentando que el calor de la mañana se lleve el vaho de mi equipo. Justo cuando todo el mundo ya está en el autobús de nuevo, desaparece la última mancha de humedad del objetivo y yo desaparezco dentro del templo a la búsqueda de esa foto, pero hay poca luz y mucho apremio. Aguanto la respiración, confío en el estabilizador, disparo y pierdo. La foto está movida.
Creo que ya estoy enfadado para el resto del dia, así que en cuanto estaciona el congelador me escapo a callejear y descubro un coqueto cementerio cristiano en medio de la ciudad. Un raro espacio abierto y silencioso entre los apilados edificios donde me quedo un rato fotografiando. Los ángeles de mármol tienen mucha paciencia posando mientras los rodeo buscando encuadres.



Nos sorprende que todas las ventanas y galerías están fuertemente cerradas por barrotes y nos cuentan que eso es para que los niños que se quedan solos en casa no tengan ningún accidente mientras los padres trabajan pero creo que no se lo cree nadie, y nos quedamos con las ganas de una explicación razonable. Los barrotes se explicarían en las plantas bajas o incluso en los primero y segundos pisos, que han perdido toda intimidad por mor de los pasos elevados que en muchas partes han construido para intentar librar a los peatones del tráfico, pero parecen de difícil justificación en un sexto o más arriba. Conducir en China debe ser una de las actividades más estressantes que se pueden realizar, solo reservada a autóctonos y suicidas.


A la vuelta, oscureciendo ya y cansados, no podemos evitar una mirada de recelo a la pista de aeropuerto sobre pilotes en el mar desde la que al dia siguiente saldremos hacia la China más interior. Por la noche, desde la ventana del hotel, a más de tres kilómetros de puente, el casino resplandece y cambia las luces y hace dibujos con ellas como un calamar contento.

martes, 25 de agosto de 2009

Back to China (1)

Cinco años después de haber visitado algunas ciudades de China he regresado este verano del 2009, aprovechando que por allí era posible ver el eclipse de Sol más largo del siglo. China produce intensas sensaciones y no se si seré capaz de ponerlas en papel, pero allí voy:

HK

Hong Kong. Una de las ciudades míticas en mi cerebro, un must. Situada en un clima subtropical, el verano no es la mejor época para el viajero viajero ni para el viajero fotógrafo. El primer contacto ya en el aeropuerto es poco menos que delirante. Ante la epidemia de gripe, controles y controles, cámaras de infrarrojos que buscan viajeros con más temperatura de la cuenta y todos los funcionarios con mascarilla y manteniendo las distancias. Enfermeros haciendo muestreos...y los aires acondicionados reventando de trabajo. Cuando la temperatura media debe rondar muy cerquita de los 40º con un altísimo grado de humedad, el aire que sale de todas las fuentes de frio no creo que pase de los 18º. Mi primer pensamiento es que estoy en el país del Sr. Monk.


En el poco tiempo que paso en HK, la ciudad me comunica una sensación muy desagradable, muy poco habitable. Aunque es cierto que es una gran ciudad y que lejos de la zona más central seguramente tiene otro ritmo, la gente que se mueve por las calles lo hace deprisa, ensimismada. Apenas abandonas el aeropuerto, te recibe una muralla de bloques de viviendas de 50 pisos de altura. En la zona donde nos alojamos es como si los rascacielos hubiesen sido edificados encima de las antiguas construcciones, de forma que no ocupan un espacio aislado en la calle y te rodean sin dejarte demasiado espacio para respirar. Muchas calles tienen un segundo nivel para los viandantes, porque la calzada está invadida por los coches. En la zona más céntrica, la de los grandes bancos y hoteles, ni siquiera existe la posibilidad de caminar. Sólo hay rascacielos, pequeños parterres y calzada para los miles de vehículos. Los aires acondicionados siguen a máquina forzada y pasar por delante de cualquier galería comercial o tienda de moda significa que con lo que sale por la puerta, tu temperatura corporal cae 20º instantáneamente.

Al otro lado de la bahía, en la zona de lujo, se alinean las tiendas de las grandes marcas. Mucho letrero luminoso y mucho coche caro. Si no fuese por el especial caos circulatorio y evidentemente por el aspecto asiático de todas las personas con las que nos cruzamos podríamos estar en cualquier zona vip de Paris o Milán. Los stores de marcas de lujo tienen portero a la puerta y mucha gente dentro. Sorprendente, tanto por el precio de las mercancías que venden como por la gélida temperatura que mantienen en el interior, y que nos continua golpeando a cada puerta. Las niñas pijas con sus mejores galas hacen cola en la disco de turno y me miran con un mohín de asco al verme pasar sudoroso cargado con la mochila camarera. Me pierdo con un par de amigos y cenamos en un restaurante al azar en el que es imposible ver el exterior porque todas las vidrieras están cubiertas de agua condensada debido a la diferencia de temperatura.


Nuestro hotel está en la zona roja. De noche se llena de neones anunciando dancing girls. Algunas chicas de aspecto muy joven se comen un bocadillo a la puerta de sus puticlús y al pié de cada puerta hay siempre un pequeño altar con ofrendas de fruta e incienso. A dios rogando y con el mazo dando. Decido antes de irme a la cama dar un vistazo a un local de estos y tomarme la enésima cerveza. Tras el barullo del dia, en ese semisótano con poca gente, chicas que te dan conversación sin agobiar y, oh! maravilla, aire acondicionado moderado, la cerveza es la mejor del día.

martes, 7 de julio de 2009

La vieja furgoneta

Ya he conseguido por fin reunir todos los papeles para matricular una vieja furgoneta que compré en Alemania. Ya se que lo viejo no está de moda, pero los de la era de Acuario crecimos soñando con nuestro Easy Rider particular. El proceso para llegar a tener una matrícula que aquí se ha complicado hasta dilatarse casi dos años de papeleo, inspecciones e informes, me costó en Alemania un par de horas de un sábado. Entre los papeles que me entregaron en el trámite en Alemania hay una libretita donde se registran los datos principales del vehiculo. Vas pasando hojas, y todas contienen la misma información, pero en idiomas diferentes. Alemán, francés, inglés, castellano, árabe, ruso...
Ese mismo proceso ha pasado aquí por momentos tan kafkianos para un pais integrado en la CEE como que la legislación española exija una traducción jurada de los documentos alemanes al castellano. "aquí no tenemos la obligación de saber alemán", me explicó el funcionario. Bien, la verdad es que el 99.99% de las especies animales que habitan este planeta no saben alemán, pero tampoco hacen alarde de su ignorancia.
Una de las desventajas de viajar es que no puedes sustraerte a la comparación. Eso no está mal cuando viajas al tercer mundo. Uno no se siente tan deprimido cuando está entre personas que viven peor que nosotros, somos asi de simples. Pero cuando el volante apunta hacia el Norte la cosa se torna y duelen los ojos. Condujimos la furgoneta desde Hamburgo hasta mi domicilio y pude revisitar ciudades tan deliciosas como Freiburg, con sus calles empredradas, sus frescos canalillos de agua cruzando las calles y las casas que parecen sacadas de un cuento medieval... Espera, espera. En Alemania tras los bombardeos aliados no quedó casi piedra sobre piedra. ¿se libraron estas ciudades de las bombas? Hace unos años, trabajando en Ausburg, me asaltó la misma pregunta. Ausburg está relativamente cerca de Munich y es una ciudad industrial, donde durante la guerra se fabicaban entre otras cosas los poderosos Panzer. No creo que la aviación discriminara demasiado en sus bombardeos y sin embargo, ahí están las callejas estrechas, los edificios de aspecto atemporal, la sensación de estar ahí "de toda la vida".


Una cariátide de Hamburgo parece que se protege de las bombas aliadas...

Me explicaron que no. Que la ciudad había resultado casi completamente destruida, y que recurriendo a fotografías y documentos antiguos habían reconstruido la ciudad tal y como estaba antes de la segunda guerra mundial. Y por lo que he ido viendo, este proceder fué el método común en toda Europa de restañar las heridas que causó la guerra. Sólo aquí y allá conservaron un edificio derruido, un monumento sin restaurar, una catedral manchada con el hollín de los incendios como recuerdo de aquellos infames dias.
Esto sería bonito de hacer aquí en España. Recuperar los pueblos y los paisajes perdidos, suturar las heridas que guerra y codicia han producido en nuestra geografía. Pero si un proceso que en Alemania me costó dos horas me ha costado dos años aquí, me temo que cuando llegue ese momento ya no tendré fuerzas suficientes como para sostener la cámara. Así que mientras edad y bolsillo me lo permitan, seguré asomándome al exterior.
Me voy de vacaciones...